En Laponia hay un momento, cuando cae la tarde en pleno invierno, en que el mundo se vuelve azul. No oscuro, azul. La nieve, los abetos, el cielo, hasta tu propio aliento… todo se tiñe de ese color de la kaamos, la noche polar, que, a nosotros, como mediterráneos, nos suena a castigo, pero resulta ser un regalo.
Laponia tiene fama de ser la tierra de Papá Noel, y lo es, no os lo voy a negar.
Sí, en la Laponia finlandesa vive Papá Noel, con sus elfos, que trabajan todo el año para el día más feliz de los niños… Pero quedarse ahí es como ir a Roma y no pasar del Coliseo, o ir a Perú y ver solo Machu Picchu.
Porque Laponia es enorme. Ocupa casi un tercio de Finlandia y la mayoría de los viajeros no pasa de su puerta de entrada, Rovaniemi, justo sobre el Círculo Polar Ártico. Más arriba hay un mar que se congela y por el que navegan rompehielos; montañas redondeadas que aquí llaman “tunturi”; un pueblo indígena, los sami, con su propia lengua y su propio parlamento; ríos donde todavía se busca oro; bosques donde los árboles se convierten en fantasmas de nieve; y un rincón donde se tocan tres países… los tres que comparten las tierras laponas.
Parece igual que la Laponia noruega o la sueca, pero no… de ellas hablaremos otro día. Hoy nos vamos a Finlandia, y os propongo hacerlo como me gusta a mí: de sur a norte, sin prisa, parando en cada sitio.
Kemi: el mar que se congela

Empezamos en la costa, en el extremo norte del golfo de Botnia. Aquí, en invierno, el mar Báltico se convierte en una llanura blanca, y en Kemi se puede subir a bordo del Sampo, un rompehielos de verdad, de los que trabajaron abriendo paso a los barcos, y que ahora lleva viajeros.
El ruido del casco partiendo el hielo no se olvida, es como si el mundo crujiera bajo los pies… Y lo mejor viene después: si te van las experiencias fuertes te enfundas un traje de supervivencia, de esos naranjas que parecen de astronauta, y te tiras a flotar entre los bloques de hielo en mitad del mar. Una de esas cosas que no sabías que querías hacer hasta que las haces.
Levi y Ylläs: las montañas suaves

Hacia el noroeste, 2h al norte de Rovaniemi, llegamos a la zona de Kittilä, aparecen los tunturi, esas colinas peladas y redondas que asoman por encima del bosque. Aquí están las dos estaciones de esquí más conocidas de Finlandia, y son muy distintas entre sí.
Levi es la animada: pistas, restaurantes, ambiente después del esquí, todo a mano. Ylläs es la tranquila, pegada al parque nacional de Pallas-Yllästunturi, con kilómetros y kilómetros de pistas de esquí de fondo que se meten en el bosque y cabañas donde parar a tomar un café con un bollo de canela junto al fuego. ¿Cuál te tira más?
Pyhä-Luosto: amatistas en el Círculo Polar
Entre Rovaniemi y el norte hay un parque nacional pequeño y precioso, Pyhä-Luosto, de colinas y bosque antiguo. Y aquí está una rareza… la mina de amatista de Lampivaara, donde cada visitante puede escarbar en la tierra helada y se lleva su propia piedra. Y además dicen que da suerte. ¿Cómo te quedas?
Saariselkä e Inari: el país sami
Seguimos subiendo y la cosa cambia de verdad.
Saariselkä es la puerta del parque nacional Urho Kekkonen, uno de los grandes espacios salvajes de Europa, y una zona de cabañas e iglús de cristal desde los que poder ver las auroras boreales desde la cama.
Un poco más al norte está Inari, junto a un lago tan grande que tiene más de tres mil islas. Inari es el corazón de la cultura sami, el único pueblo indígena de la Unión Europea. Tienen sus propias lenguas, su parlamento el “Sajos”, su música el “joik”, un canto curioso con el que se evoca a una persona o a un lugar, como si lo trajeras delante, no lo cantan dos personas igual y una relación con los renos que viene de siglos.

Samis y renos, una simbiosis cultural, económica y social que duró siglos de semiconvivencia y semi-domesticación. De hecho los renos no son considerados animales totalmente salvajes en todo el norte de Escandinavia (Finlandia, Noruega y Suecia), prácticamente no existen renos 100% salvajes. Todos los renos que veremos libremente en la nieve o cruzando carreteras pertenecen a algún pastor sámi o a una cooperativa de pastoreo… por eso es tan fácil acercarse a ellos, darles de comer, y disfrutarles.
Muy recomendable es el museo Siida, para entender esta tierra antes de recorrerla, y pasar una tarde con una familia de pastores, junto al fuego de una “kota”, la tienda tradicional sami, escuchando historias mientras el café hierve en la olla. Eso no está en ningún folleto de Papá Noel… y es lo más auténtico que os vais a llevar.
Por cierto, ¿sabias que para los samis el año tiene ocho estaciones? Y es que no es lo mismo la nieve de diciembre que la de abril 😉
Lemmenjoki: los últimos buscadores de oro
Desde Inari se llega a Lemmenjoki, el parque nacional más grande de Finlandia.
Por sus ríos todavía hay buscadores de oro que pasan el verano bateando en solitario, como en las películas del Oeste pero a menos veinte… En la zona de Tankavaara podéis probar a sacar vuestra pepita. Yo no prometo nada 😉
Kilpisjärvi: donde se tocan tres países
Y para los que quieren llegar al final del mapa, Kilpisjärvi, en la punta del «brazo» de Finlandia. Aquí el paisaje ya es de alta montaña ártica, con el monte Saana vigilando el lago, y a pocos kilómetros está el mojón donde se juntan Finlandia, Suecia y Noruega. Pero en invierno solo se puede llegar en moto de nieve o con esquís, mejor dejarlo para el verano, y sus días infinitos.
Ruka, Kuusamo y Syöte: lagos, osos y árboles fantasma
[FOTO: árboles cubiertos de tykky]
Ojo, que aquí hago trampa: en el mapa administrativo, Ruka y Syöte ya no son Laponia. Pero el paisaje sí lo es, y no os las quería quitar.
Ruka es estación de esquí y la puerta del parque nacional de Oulanka, con cascadas que se congelan, puentes colgantes sobre los rápidos y el Karhunkierros, la «ruta del oso», una de las rutas a pie más famosas del país. En verano, en los bosques de Kuusamo se pueden ver osos salvajes desde escondites. Sí, osos.

Y en Syöte se da un espectáculo que me fascina del invierno finlandés, el “tykky”. La nieve y la escarcha se van pegando a los abetos capa a capa hasta que los árboles desaparecen y quedan unas figuras blancas, como monstruos o fantasmas, en mitad del bosque. Caminar entre ellos con raquetas, con esa luz azul de la que os hablaba al principio… mágico.
Lo que se hace allí (además de mirar)
La lista es larga, así que os dejo lo que yo no me perdería:
- Trineo de huskies, conduciendo vosotros mismos. Ese momento en que los perros arrancan y solo se oye el roce de los patines… magia.
- Trineo de renos con un pastor sami, mucho más lento, para mirar el paisaje, eso después de pasar un día con los samis, un buen almuerzo en el lavvo, un joik, acariciar los renos… y al fin, el paseo.
- Motos de nieve, por lagos helados y bosque, pura adrenalina.
- Raquetas y esquí de fondo, la manera más silenciosa de entrar en el bosque.
- Pesca en el hielo: un agujero, un taburete y paciencia finlandesa.
- Caza de auroras, ya sea a pie, en moto de nieve o en trineo, acompañados de un guía que sepa leer el cielo siempre mejor.
- Sauna… La sauna finlandesa en Laponia no es un simple lujo o actividad turística: es un pilar fundamental de la cultura, la salud y la vida cotidiana en el Ártico. Con cerca de 3,3 millones de saunas para algo más de 5,5 millones de habitantes en todo el país, Finlandia considera la sauna casi como un espacio sagrado, y de hecho, la cultura de la sauna finlandesa forma parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Hay que vivirlo en invierno, con el choque térmico… tras sudar en la sauna, la costumbre es salir al exterior ya sea para rebozarse directamente en la nieve, Sumergirse en un agujero cortado en el hielo de un lago o río congelado “Avanto” ¿Porqué? El contraste de temperaturas libera endorfinas de inmediato y mejora la circulación.

Y lo que se come
La cocina lapona sabe a bosque y a lago. Salmón asado en tablas junto al fuego, sopa de reno, pescado de lago recién sacado, pan de centeno y el “leipäjuusto”, un queso tostado que chirría entre los dientes y que se toma con mermelada de mora ártica… aunque no es para todo el mundo, al menos no para mí.
Las bayas, arándanos rojos y azules, están en todas partes. Si es invierno lo encontrareis igualmente, los conservan, cran mermeladas, licores…
Y no esperéis solo cocina rústica: en Ruka hay cocina de kilómetro cero y en Syöte un chef que ha pasado por cocinas con estrella Michelin.
Cuándo ir: no solo en invierno
Aquí os quiero romper otro tópico. El invierno es la Laponia de las postales, pero no la única:
- Diciembre y enero: la noche polar, la luz azul, la Navidad. Mucho frío y muy pocas horas de luz, sobre todo en el norte. Ideal para ver Auroras
- Febrero a abril: quizás la la mejor época del invierno. Vuelve la luz, la nieve sigue perfecta, pero hace menos frío y todavía hay auroras.
- Junio y julio: el sol de medianoche ¡mágico! El sol no se pone, y caminar por el bosque a las dos de la madrugada con luz de tarde es otra forma de perder la noción del tiempo, además de regalar los colores más hermosos que hayas visto de madrugada
- Septiembre: la ruska, cuando el bosque se vuelve rojo, naranja y oro. Y vuelven las auroras, reflejadas en los lagos sin helar.
Unos consejos de viajera antes de lanzaros
- Reservad pronto. Diciembre y enero son los meses estrella y los mejores alojamientos vuelan.
- Las auroras no se encargan. Dependen del cielo, las nubes, la luna, la actividad solar, y nadie os las puede garantizar. Pero a más noches, más papeletas.
- El frío se vence con capas, no con un abrigo enorme. El equipo térmico para las actividades de exterior suele estar incluido.
- Elegid según el viaje que queréis. Una cabaña remota con niños pequeños puede ser preciosa… pero también una paliza.
Un apunte final: ¿cuál es vuestra Laponia?
Si me preguntáis por dónde empezar, os diría que depende de quién viaje.
- Con niños, una base cerca de Rovaniemi, con traslados cortos y Papá Noel incluido.
- Si huís de la masa, el norte: Saariselkä, Inari, el silencio y las auroras sin codazos. Y si lo queréis todo, combinar zonas y llenar los días de nieve y las noches de cielo.
Como os digo siempre, el mejor viaje no es el más caro ni el más famoso de instagram, es el que encaja con vosotros. Escribidme y lo montamos juntos.
A recorrerla, a saborearla, a perderse en ella… y a volver, porque Laponia tiene ocho estaciones, y una sola no basta 😉






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